sábado, 15 de agosto de 2015

Pupilas del tamaño de la luna

-Buenos días.
Y mi corazón saltaba de emoción provocando una sonrisa que llegaba con el mismo amor a la de ella.
Me parece que se le hace tan fácil decirlo,  es como un impulso o una reacción de generosidad.  No sé si sabe el choque eléctrico que causa en mí corazón cuando me saluda.
Muchas veces es lo único que quiero escuchar en semanas, porque me despierta pero al mismo tiempo dormía en mí los dragones más oscuros y hasta los malos genios.
-buenos días.  Respondía yo después de salir victorioso de tan eternos nervios.
Me quedaba mirandola conchudamente por unos 4 segundos,  me perdía en sus gigantes ojos y me parecía suficiente.
Saltaba por dentro y ahora que lo imagino, me doy cuenta que causa misterio, porque ahora que los recuerdo me gustaría estar dentro de ellos y sentir sus lágrimas cuando desean tocar su rostro,  me encantaría mirar el mundo desde allí,  para ver lo ridículo que me veo cuando los miro y para  hacer parte de cada parpadeo de amor que lanza cada vez que sin culpa, porque ya es natural de su parte, saluda a una y cada una de las personas que entran en la oficina durante todo el día.

Me sonrió,  su sonrisa cálida,  que me devolvía y me quitaba el aire era tal vez el sello perfecto para tan hermosa obra de arte.
-¿Cómo está el tráfico? Preguntó interesadamente,  como si en verdad le importara,  como si de eso dependiera la hora de llegada a su casa.  Vivía a dos cuadras del edificio y caminaba a casa todos los días después de una larga jornada de saludos generosos,  después de una jornada de trabajo.
-bastante lento.  Respondí.
me tocará implementar algo con que distraerme en el coche para no quedarme dormido por las mañanas.
Eso le dije,  como si no tuviera con que distraerme,  como si la foto de ella no fuera suficiente para traerlo de suspiro en suspiro a la oficina.

Realmente esa fue mi primera señal clara.  Pupilas del tamaño de la luna, espejos que habrían su alma para darle paso a la felicidad,  para despojar de allí adentro todos los cajones caídos,  todas las ventanas rotas,  todas las escenas sin terminar y recoger las cenizas,  esas que se adhieren también a mí como sentimientos compartidos, yo como amigo en la causa.  Es así,  como cuando quieres hacer tuyas las desgracias del otro y cargar lejos de acá todas las aventuras mal selladas y cada tristeza no deseada.

-Quizás después del trabajo podríamos quedarnos a comer,  no sé que dices.  Sólo  para esperar que las calles se descongestionen un poco.

¿Podrá existir mejor sensación que esa?
¿podría alguien explicarme el momento exacto en el que una sonrisa se convierte en una propuesta?

-estaría encantado.  Hablamos en la  Noche.
Le Respondí un poco impactado y hasta cortante, porque era imposible que en ese momento surgiera algo diferente a un acepto.


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