domingo, 5 de julio de 2020

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domingo, 7 de agosto de 2016

Jardín en el aire

No quería escribir sobre lo ético, lo estético o lo religioso. Así que andaba buscando un lugar en el que acercarme mejor a mí mismo. En el que dejar caer todo aquello que me saca de mí. Desde entonces tiendo siempre a la alusión fácil de las citas que hay en tus llegadas.

Eras aquel faro descontrolado que inventé de niño. Tal vez gracias a esa especie de imposibilidad impuesta. Esa sospecha continua de que algo no andaba bien. De que algo no podía ser así.
Pero había vivido lo suficiente para distinguir lo que habita pegado en las narices de cualquiera. Y te miro. Tal vez gracias a esa especie de tendencia autodestructiva de la gota de lluvia contra el suelo. Una actitud perniciosamente cómoda e incluso fácil de entender la de ver el desfile de tu vida. A menudo me acostumbro a ello: ver la vida de los demás a través de la mía. Atenta ataraxia. Desatención mantenida.

Y ahora me miras, De cerca. Orbitas conmigo. Tan de cerca que siento que no hay en el mundo otra temperatura que la de tu aliento en mis mejillas. Te tengo tan próxima que recuerdo el juego de ciclopes de Cortazar y siento que es tu magia la que hace que todo esto se torne hacia una acción moralista, a que hoy sea bosque sin astillas.

Me quedo callado y te veo pasar como un colibrí a través de una ventana. Una caída interminable en la inmovilidad. Y no sé cuándo respirar, por miedo a perder tu respiración contra la mía. Te acercas y los labios se encuentran, se enfrentan tibios, rozándose con los dientes, encajándose entre sus surcos. Anudándose en plena contención precaria. Llegando a notar casi la falsa tregua. Una suma de días, semanas y meses livianos y poéticos.
Entonces con el roce de tu piel noto mi cuerpo bendito y mis manos buscan hundirse en tu pelo. Vivir en sus espacios mientras nos besamos como si en nuestras bocas hubiera un fuego que apagar en la boca del otro. Con el fuego del otro. Y noto que sí. Que podré ver por una noche las calles como tú las ves. Y hay un solo tú, y un solo yo. Y yo te siento mecer sobre mis brazos como un jardín en el aire. Sobre mis brazos, como un jardín en el aire.

lunes, 11 de julio de 2016

|Fragmento de algo que aún no es|


"Es como un truco de magia, le expliqué a alguien alguna vez mientras me acordaba del abuelo y la moneda que siempre nos sacaba de la oreja. El amor, le dije, el primero sobre todo, es como un truco de magia. Cuando se acaba, cuando uno descubre que la magia es en verdad un ágil movimiento de las manos, nunca más se vuelve a ver con los mismos ojos.

Nos volvemos otros. Nos descubrimos frágiles bajo la certeza de que sí podemos quebrarnos. Aparecemos de pronto al otro lado de una línea en el tiempo, de un límite imaginario que nos prohíbe devolvernos".

sábado, 4 de junio de 2016

Excusa número cuatro

Necesito no tenerte. Ya son muchas las olas que me han ahogado en algo por lo que remar, hace tiempo dejara de tener sentido. Ya no hay azules, ni paréntesis de oxígeno. A diario nos debaten los momentos sin aliento entrepausado y los reflejos minuciosos de sentimientos escondidos, mientras la espuma del café se hacía líquida y nos dábamos cuenta de que en cierto modo el tiempo era eso. La suma de sus estaciones. Llegó agosto y te prometí que juntos conseguiríamos detenernos en septiembre, pero ya no somos lo que estoy buscando. Adelantabas las manillas por llegar siempre antes a los días, te mirabas en el espejo con tu pelo Sena entre mis dedos y regabas con el agua de la ducha un maquillaje que no te correspondía. Ojalá entiendas eso. O que el tiempo de sembrar nos cogiera en temporada abierta. Y luego vinieron cosas como palabras sin aliento, molestias acostadas pasadas las doce y un ingreso paulatino en las puertas de lo cotidiano. De lo rutinario. De darle más importancia a un picor entre las piernas que a un peso sobre las alas. Esa emulsión por la que parece que el mundo no es lo suficientemente irracional como para darnos rienda suelta. Un mundo paralizado y establecido. Un lugar pequeño por el que te movías a veces de lado a lado con total impunidad. Con el que me cogías de la mano con tus medias rotas, tu firme agilidad y tu color amarillo. Me parecía algo natural y disciplinario. Y al final nos convencíamos de que todo estaba bien, de que aquello era vivir. Que mantener la cama deshecha y la mente ocupada nos salvaría de esta intratable forma de copiar los días, de esa dialéctica muda que separaba las vidas y dejaba la marquesina de la tuya frente a la mía. Siempre la tuya frente a la mía. Como un espectáculo sin interacción con el público. Un devenir del que formar media parte, mientras intentamos darle nombre de destino al simple hecho de que cierto día estuvieras soltera y de pie enfrente de mí.

jueves, 7 de enero de 2016

De olvidos y sentimientos

Le estaba contando que le temo al olvido.  Paré y le mostré mis manos, las sentí y estaban frías, como casi siempre.

-Toquelas. Le dije.

Pero se rehusó. voltió la cabeza y siguió observando lo que lo alejaba de mí, estaba muy lejos. pero más lejos lo sentía yo a él aún estando a mi lado.  La distancia no se acota acercándose, la distancia se acota perteneciendo,al momento, a las personas, a la vida.

-usted tiene muy mala memoria, que ironía.  Respondía sin mirarme, era tan ajeno al momento que me parece ahora que no estaba hablando conmigo.

- ¿usted tiene muchos recuerdos? ¿tiene recuerdos de cuando era pequeño? Le dije.

Voltió y conté aproximadamente 4 segundos antes de que contestara.  Estaba inseguro, no sabía que decir o por donde empezar pero le brillaban las pupilas, ahí también hay algo de recuerdo, es ahí donde se atraen las luces que esconden sueños, encuentros, sentimientos.  5 milímetros por donde pasa una vida entera.
Los ojos se le aguaron como remojando los momentos que ya antes habían pasado por ahí. Se le derramó un poquito la vida, caían de ahí gotas de amor, de melancolía,  de impotencia y de felicidad.
Yo lo miro y sonrío, por lo menos había derretido un poco el témpano que hace unos segundos lo cubría.
-Es curioso,  tengo más recuerdos de cuando era pequeño que de ahora.  Empezó a contarme entre cortado. 
¿puede la vida nublarse por un tiempo?

Se le puso la voz muy gruesa, parece que tuviera la garganta  llena de palabritas que querían salir corriendo de ahí. Supongo yo que la seguridad está en las cantidades.
Empezó contándome una vez que salió de viaje con su familia y en el aeropuerto un radio viejo se había robado todos sus sentidos. 
-no paraba de mirarlo, yo tenía 9 años y una imaginación que volaba en otros universos, pensé que las voces que salían de allí, venían de otras dimensiónes y en algún momento llegué a imaginarme a Batman hablando del otro lado.  Yo pensé que ése era el único contacto que tenían ellos con nosotros y ¡era una señal!  Realmente pensaba que él me perseguía y necesitaba comunicarme algo, necesitaba mi ayuda.

En ése momento él era tan feliz.  Estaba viviendo. realmente estaba recordando algo que hace tiempo se le había olvidado, estaba recordando la vida, el placer.
Hablamos todo la noche de su infancia,  se le había dibujado la vida en el rostro y estaba más vivo que toda la semana pasada. 
-¿Todavía tienes las manos frías?  Preguntó un tanto intranquilo pero más feliz. 
Había empezado a palpar el agua, la serenidad que da el no olvidarse de lo esencial. De no dejar que se le olvide la raíz de su presente y sentirlo.
Yo ya no tenía las manos frías,  canalizar las emociones ayuda hasta en la temperatura y mi papá estaba más concentrado, más calido,  se había dado cuenta que el olvido no sólo llega en forma de recuerdos que ya no están, sino en presentes olvidados,  en presentes que a la larga consumidos por la rutina y el desinterés porque no han sido sentidos, quedan guardados antes de tiempo en oscuros resentimientos y arrepentimientos futuros.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Más que satisfacerse

Salí de la estación del metro y todavía estaba ahí,  igual que el día anterior, igual que la semana pasada.  Baja tres escalones, camina hasta el borde del mirador y sube cuatro,  está indeciso.  Tiene miedo.  En  la mano derecha un lapicero, en la izquierda seis libros no muy protuberantes y en su espalda descansan,  en una negra y extraña maleta, unos 8 o 9 ejemplares más.  El libro es el mismo, titula algo así:  "qué trae el viento". Creo, no me acuerdo.  Antes no se me hacían tan parecidos,  supongo que se debe al afán,  o a la pésima atención que tengo y me priva de ver lo evidente. Pero sí,  son todos  iguales, titulan lo mismo.
Caminó hacia mí como siguiendome el paso, como si se hubiera dado cuenta que lo observe antes de bajar y preguntó:
-¿podrías darme la hora?

Vi sus ojos por un momento, Tiene la mirada de quien ha quemado poemarios enteros sólo por conseguir la ceniza por la que soplar sus deseos.
-claro.  Son las 5:26 de la tarde, le respondí un poco temblorosa y sin evadirlo.
-te he visto bajar de la estación varias veces, ¿vas de afán?  ¿podría invitarte a algo?

Al principio creí que me invitaría a leer sus delgados e incompetentes libros, pero no voy a negar que la curiosidad invadía mi desconfianza y fue ella la que respondió casi por impulso y con un agrado que hasta a mí me sorprendió:

-claro que sí,  tengo tiempo suficiente.

Bajamos juntos los últimos escalones de la estación y caminamos hasta un     caffe-bar cercano.
-y ¿vendes libros? Pregunté, curioseando las primeras páginas del que sostenía todavía en sus manos.

-no,  yo los escribo.
Y sus ojos delatores brillaron como un destello de sol, tanto, que los míos se aguaron y mi sonrisa satisfecha se encontró con la suya, aún nerviosa.
-así que escribes,  ¿por qué?  Podrías ser arquitecto, médico, policía. Pero no.  Eres escritor.
- estudié antropología, pero no,No nacemos para quedarnos. Nacemos para correr, correr y correr. Para acabar donde nunca imaginamos.  Escribir me permite crear, me guía,me da alas, puedo diseñar el mundo a mí manera, como me gusta y como no también.
Nos quedamos en silencio unos segundos y sus manos creadoras de historias se encontraron con mis manos frías, jugaba con mis dedos mientras yo miraba los rulitos de su cabello y sonreía, Aleteando y deslizandonos por la corriente de nuestras emociones.

Me invitó a que me asomara y eso hice. Me susurró al oído la canción más indecorosa que he escuchado y observé a toda la sala aplaudir al redoble del tambor de nuestro primer beso. Joder, si que aplaudieron. Sus labios tenían ese sabor intenso que dejaba intuir que en su aliento tibio se encontraban todos los aromas y venenos que cualquier mujer  pudiera desear para morir en paz. Tenía unos dientes que cumplían más deseos que los de león y la costumbre de colarse en los míos de forma  caprichosa como escarcha en la piel.

En el triángulo que formaba la galaxia de su espalda empapelada por el plumaje de sus alas, tropecé con unos poemas escritos en tinta transparente que te hacían comprender que es mucho más infiel ver a otro en sus labios, que buscarlo en la boca de cualquier desconocido.

Había intentado decirme a mí misma que no me importaba, que habíamos acabado de conocernos y hasta el momento de él no sabía mucho. pero cuando me miraba mi corazón latía tan fuerte que me silenciaba y resonaba en mi interior la canción de quien quiere más,  de quién busca más que satisfacerse.

-Daniela Loaiza