No quería escribir sobre lo ético, lo estético o lo religioso. Así que andaba buscando un lugar en el que acercarme mejor a mí mismo. En el que dejar caer todo aquello que me saca de mí. Desde entonces tiendo siempre a la alusión fácil de las citas que hay en tus llegadas.
Eras aquel faro descontrolado que inventé de niño. Tal vez gracias a esa especie de imposibilidad impuesta. Esa sospecha continua de que algo no andaba bien. De que algo no podía ser así.
Pero había vivido lo suficiente para distinguir lo que habita pegado en las narices de cualquiera. Y te miro. Tal vez gracias a esa especie de tendencia autodestructiva de la gota de lluvia contra el suelo. Una actitud perniciosamente cómoda e incluso fácil de entender la de ver el desfile de tu vida. A menudo me acostumbro a ello: ver la vida de los demás a través de la mía. Atenta ataraxia. Desatención mantenida.
Y ahora me miras, De cerca. Orbitas conmigo. Tan de cerca que siento que no hay en el mundo otra temperatura que la de tu aliento en mis mejillas. Te tengo tan próxima que recuerdo el juego de ciclopes de Cortazar y siento que es tu magia la que hace que todo esto se torne hacia una acción moralista, a que hoy sea bosque sin astillas.
Me quedo callado y te veo pasar como un colibrí a través de una ventana. Una caída interminable en la inmovilidad. Y no sé cuándo respirar, por miedo a perder tu respiración contra la mía. Te acercas y los labios se encuentran, se enfrentan tibios, rozándose con los dientes, encajándose entre sus surcos. Anudándose en plena contención precaria. Llegando a notar casi la falsa tregua. Una suma de días, semanas y meses livianos y poéticos.
Entonces con el roce de tu piel noto mi cuerpo bendito y mis manos buscan hundirse en tu pelo. Vivir en sus espacios mientras nos besamos como si en nuestras bocas hubiera un fuego que apagar en la boca del otro. Con el fuego del otro. Y noto que sí. Que podré ver por una noche las calles como tú las ves. Y hay un solo tú, y un solo yo. Y yo te siento mecer sobre mis brazos como un jardín en el aire. Sobre mis brazos, como un jardín en el aire.