Salí de la estación del metro y todavía estaba ahí, igual que el día anterior, igual que la semana pasada. Baja tres escalones, camina hasta el borde del mirador y sube cuatro, está indeciso. Tiene miedo. En la mano derecha un lapicero, en la izquierda seis libros no muy protuberantes y en su espalda descansan, en una negra y extraña maleta, unos 8 o 9 ejemplares más. El libro es el mismo, titula algo así: "qué trae el viento". Creo, no me acuerdo. Antes no se me hacían tan parecidos, supongo que se debe al afán, o a la pésima atención que tengo y me priva de ver lo evidente. Pero sí, son todos iguales, titulan lo mismo.
Caminó hacia mí como siguiendome el paso, como si se hubiera dado cuenta que lo observe antes de bajar y preguntó:
-¿podrías darme la hora?
Vi sus ojos por un momento, Tiene la mirada de quien ha quemado poemarios enteros sólo por conseguir la ceniza por la que soplar sus deseos.
-claro. Son las 5:26 de la tarde, le respondí un poco temblorosa y sin evadirlo.
-te he visto bajar de la estación varias veces, ¿vas de afán? ¿podría invitarte a algo?
Al principio creí que me invitaría a leer sus delgados e incompetentes libros, pero no voy a negar que la curiosidad invadía mi desconfianza y fue ella la que respondió casi por impulso y con un agrado que hasta a mí me sorprendió:
-claro que sí, tengo tiempo suficiente.
Bajamos juntos los últimos escalones de la estación y caminamos hasta un caffe-bar cercano.
-y ¿vendes libros? Pregunté, curioseando las primeras páginas del que sostenía todavía en sus manos.
-no, yo los escribo.
Y sus ojos delatores brillaron como un destello de sol, tanto, que los míos se aguaron y mi sonrisa satisfecha se encontró con la suya, aún nerviosa.
-así que escribes, ¿por qué? Podrías ser arquitecto, médico, policía. Pero no. Eres escritor.
- estudié antropología, pero no,No nacemos para quedarnos. Nacemos para correr, correr y correr. Para acabar donde nunca imaginamos. Escribir me permite crear, me guía,me da alas, puedo diseñar el mundo a mí manera, como me gusta y como no también.
Nos quedamos en silencio unos segundos y sus manos creadoras de historias se encontraron con mis manos frías, jugaba con mis dedos mientras yo miraba los rulitos de su cabello y sonreía, Aleteando y deslizandonos por la corriente de nuestras emociones.
Me invitó a que me asomara y eso hice. Me susurró al oído la canción más indecorosa que he escuchado y observé a toda la sala aplaudir al redoble del tambor de nuestro primer beso. Joder, si que aplaudieron. Sus labios tenían ese sabor intenso que dejaba intuir que en su aliento tibio se encontraban todos los aromas y venenos que cualquier mujer pudiera desear para morir en paz. Tenía unos dientes que cumplían más deseos que los de león y la costumbre de colarse en los míos de forma caprichosa como escarcha en la piel.
En el triángulo que formaba la galaxia de su espalda empapelada por el plumaje de sus alas, tropecé con unos poemas escritos en tinta transparente que te hacían comprender que es mucho más infiel ver a otro en sus labios, que buscarlo en la boca de cualquier desconocido.
Había intentado decirme a mí misma que no me importaba, que habíamos acabado de conocernos y hasta el momento de él no sabía mucho. pero cuando me miraba mi corazón latía tan fuerte que me silenciaba y resonaba en mi interior la canción de quien quiere más, de quién busca más que satisfacerse.
-Daniela Loaiza