sábado, 29 de agosto de 2015

Allá

¿has tenido alguna vez  ganas de ser libre?  ¿de querer huir de algo,  a lo que sin duda volvería una y otra vez? ¿en poner en conflicto los deseos y lo realmente bueno,  por más amargo que sea?
A mí, me gustaría dejar de ser dependiente de lo que tengo aquí,  ahora. Me gustaría dejar la soledad, el café de por la mañana a medio calentar en vaso blanco,  con la pequeña cuchara de aluminio.  Me gustaría dejar el amor,  el deseo a lo efímero, me gustaría olvidarme de la sensación de libertad  cuando llego a la casa de largas jornadas y me quito los zapatos para sentir la fría baldosa,  el suelo solido y estable que cada día espera, aunque aun no sé si tenga esa capacidad, de que sea pisado por mí, por mi familia y por la melancolía de no encontrar calidez en él. Me gustaría también olvidarme de la luz, esa que de tantos momentos se ha apoderado,  y que me ha mostrado lo que realmente no necesito ver.

Aveces,  sólo aveces,  me gustaría olvidarme de mí y de lo estupida que debo Verme cuando idealizo un futuro, Cómo si existiera tal cosa.  Como si la vida se devolviera y te mandara señales de la circunstancia que más adelante debes estar instruido para arreglar, como si el hoy fuera el futuro del ayer. 

Allá nada se necesita,  allá todo se olvida.
La vida allá es la vida pura,  en esencia,  la vida allá es vida viva. 
Allá,  donde se siente cada particula de  viento con tal intensidad,  que puedes sentirlo solido,  como si te envolviera, así, tan frío que acalora y te eriza la piel, siempre como si fuera la primera vez.
Allá donde los arboles se convierten en aliados y compañeros,  allá donde sentarse es la gloria y respirar el impulso. Allá donde golpearse con las rocas no duele,  da risa.  Allá donde el apretón de mano de un amigo se convierte en valentía y realidad,  allá no se necesita,  pero se siente más,  con cada célula,  con cada querer. 
A allá iría todos los días sin que me pareciese obligación,  me acostaría en el césped y me dejaría llevar por las constelaciones que parecen nuevas cada vez que mis ojos las encuentran, bajaría la vista hasta encontrar la silueta de dos o tres montañas y me crearía historias de sucesos que pudieron ocurrir ahí o están por ocurrir.  Allá donde caminar descalzo calma,  renueva,  reconforta,  construye. 
Allá donde el sonido lejano del caer del agua,  en una cascada direcciona fe, carga ganas.  Allá donde el alma encuentra su estado más alto de armonía con el medio, con el otro.  Allá donde encontrarse con uno mismo se hace más fácil,  más bonito.  Allá donde la felicidad se reduce en la sonrisa de alguien,  en tu sonrisa misma,  en las noches,  cuando partes el silencio y te dejas llevar por la necesidad de desbordar calidez y aceptación.  Donde correr y esconderse deja de ser un juego y se convierte en la única preocupación y angustia del momento.

Allá donde la vida es más compleja, porque no todo está resuelto,  porque tienes que sacar la felicidad de ti y palparla,  sentirla,  transmitirla,  verla en efecto.  Allá donde se vive.

-Daniela Loaiza

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