jueves, 25 de junio de 2015

Vigía de deseos

Siempre he pensado que cuando el sol se va, algo mío se lleva. Quizás  mis recuerdos, quizás mi futuro. Quizás mi luz o tal vez mi sombra. Me reconforta y me revive, me llena de ganas inmensas de verlo salir mañana pero sobre todo me deja un inmenso vacío. No un vacío oscuro y hondo, uno del que no pueda salir jamás, un vacío al que todos le temen, un vacío silencioso y solemne, me deja un vacío que él y sólo  él puede llenar, puede alumbrar, puede salvar.

 A veces, cuando la tarde cae y me quedo atónita viendo nubes y estrellas. Recuerdo todo lo que me quedó por decir, todo lo que me quedó por hacer. Se me alumbran los ojos de recuerdos y de unas pequeñas pero sentidas gotas de deseo, porque lo que no se dice es como una nube. Pasa y se olvida, pero primero se queda y atormenta, enseguese y oculta las más hermosas oportunidades.
 Entonces es el sol guardián de los más reconditos secretos, vigía de ocasiones postergadas a algún mañana, dueño y señor de condenas, de esas que duelen y duran tanto como un atardecer. Instantes llenos de dolor, pero tan repetitivos que se convierten en  monotonía no deseada.

 A veces me gustaría creer que podré hacer y decir todo lo que soy, creo y siento, algún día, rodeada de personas de papel, gritaré al cielo todo lo que oculto y quizás ahí, en ese instante, el sol me devuelva lo que de mí se llevó; esa luz interna reflejada a los demás, ese oasis de amor que pinta paisajes y dirige autos en carretera. Ese accionar que hace perfecta la vida.

-Daniela Loaiza

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