Necesito no tenerte. Ya son muchas las olas que me han ahogado en algo por lo que remar, hace tiempo dejara de tener sentido. Ya no hay azules, ni paréntesis de oxígeno. A diario nos debaten los momentos sin aliento entrepausado y los reflejos minuciosos de sentimientos escondidos, mientras la espuma del café se hacía líquida y nos dábamos cuenta de que en cierto modo el tiempo era eso. La suma de sus estaciones. Llegó agosto y te prometí que juntos conseguiríamos detenernos en septiembre, pero ya no somos lo que estoy buscando. Adelantabas las manillas por llegar siempre antes a los días, te mirabas en el espejo con tu pelo Sena entre mis dedos y regabas con el agua de la ducha un maquillaje que no te correspondía. Ojalá entiendas eso. O que el tiempo de sembrar nos cogiera en temporada abierta. Y luego vinieron cosas como palabras sin aliento, molestias acostadas pasadas las doce y un ingreso paulatino en las puertas de lo cotidiano. De lo rutinario. De darle más importancia a un picor entre las piernas que a un peso sobre las alas. Esa emulsión por la que parece que el mundo no es lo suficientemente irracional como para darnos rienda suelta. Un mundo paralizado y establecido. Un lugar pequeño por el que te movías a veces de lado a lado con total impunidad. Con el que me cogías de la mano con tus medias rotas, tu firme agilidad y tu color amarillo. Me parecía algo natural y disciplinario. Y al final nos convencíamos de que todo estaba bien, de que aquello era vivir. Que mantener la cama deshecha y la mente ocupada nos salvaría de esta intratable forma de copiar los días, de esa dialéctica muda que separaba las vidas y dejaba la marquesina de la tuya frente a la mía. Siempre la tuya frente a la mía. Como un espectáculo sin interacción con el público. Un devenir del que formar media parte, mientras intentamos darle nombre de destino al simple hecho de que cierto día estuvieras soltera y de pie enfrente de mí.
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